viernes, 9 de agosto de 2019

Assemblage

Siempre le había gustado ir a la playa al alba, cuando no había bañistas, apenas un puñado de paseantes y otros tantos corredores que aprovechaban la ausencia del sol para huir del calor que reinaba el resto del día. Ella disfrutaba contemplando esa extensión acerada, ondulante como el cuerpo de una criatura inmensa, observando cómo las primeras luces arrancaban destellos de su líquida piel. Admirando cómo los colores del día se iban acentuando, marcando la separación del cielo y la tierra, mudando plata por un profundo y lustroso azul.

Todos los días daba largos paseos por la orilla, casi hasta perder de vista las pequeñas casas blancas de los pescadores, los altos edificios de hoteles que se recortaban contra el crepúsculo incipiente. Dejaba que se desdibujaran entre las brumas matinales, que no existieran. Caminaba tranquila jugueteando con la arena mojada, coqueteando con las olas que amagaban con alcanzarla. Cuando lo conseguían, cuando el agua fría cosquilleaba sus tobillos, esbozaba una sonrisa involuntaria, sus ojos chispeantes, retadores. Volvía a casa con la mirada iluminada, sonrojada como una novia.

Aquella mañana fue más allá que de costumbre, hasta pasado el viejo faro que ya nadie regentaba. Y un poco más, bordeando el desierto de pálidas dunas, estáticas ante la calma que precede al día como si estuviesen conteniendo la respiración, esperando la llegada del fuego que dorase sus lomas. 

La marea estaba baja y el océano en calma, ella se detuvo en la vasta plataforma que desnudaba la orilla. Miró hacia el cielo y él le devolvió la mirada, con un ligero rubor entre las finas nubes que poblaban el horizonte. El sol se adivinaba en la curvatura de la Tierra, pero aún no se había decidido a salir. Ella se desprendió de la ropa que llevaba puesta, lentamente, sin apresurarse, y la dejó sobre la arena seca. Puso encima una piedra para que el viento no se la llevase y se dirigió hacia el agua.

Liberada ya de cualquier barrera entre el mundo y la piel, se agachó y recorrió con las puntas de los dedos la superficie húmeda donde iban a romper las olas, recibiendo la tímida caricia de una de ellas como respuesta. Sonrió interesada, curiosa, atraída y atrayente. 

Se recostó sobre la arena, dejando que el agua lamiera sus piernas, sus muslos, sus antebrazos. Que sus manos y sus pies se fundieran con el suelo. Suspiró echando la cabeza hacia atrás, inhalando la brisa marina que se estaba levantando, deslizando las manos adelante y atrás para sentir la textura sedosa de la orilla. La marea estaba subiendo.

Separó las rodillas, tratando de abarcar la mayor superficie posible. Los primeros rayos de sol finalmente hicieron su aparición y besaron suavemente su piel, sus labios entreabiertos, sus párpados cerrados. Un escalofrío electrizante que nada tenía que ver con el frío recorrió su espalda. El agua cubría ya sus tobillos, sentía su suave e insistente empuje entre las piernas. Clavó los dedos en la arena, no tenía frío ya. Las gotas saladas que salpicaban las olas se mezclaban con el ligero sudor que comenzaba a resbalar por su pecho. Oleadas de calor subían desde su bajo vientre, que notaba incandescente bajo el agua.

El sol asomaba entre las brumas como una bola de oro blanco, reflejándose en las crestas de espuma que penetraban en ella, estimulando las zonas más sensibles. El viento susurraba en sus oídos y sus jadeos quedaban ahogados por el sonido de las olas, cada vez más pronunciadas. Se tendió en el suelo para apreciar ya sin reservas el contacto del océano en su cuerpo, las acometidas de la marea a las que ella respondía con igual pasión moviendo sus caderas al ritmo del oleaje. Unos pocos rastros de sal brillaban en su piel de caramelo tostado y sus pezones estaban erectos, incitantes; se retorcía de placer abrazada por los rayos de un amanecer cada vez más presente, aferrándose a la arena, al aire, al agua.

La llegada del clímax le hizo arquear la espalda, irguiéndose por encima de las olas, paralizando el tiempo en un instante de éxtasis puro. De la más absoluta comunión. Mujer-arena, mujer-agua, mujer-sal. Un ser glorioso de materia y viento que al fin veía la luz, desmoronando los límites construidos entre la carne y el universo, revelando su existencia profunda, primigenia.

El momento pasó, la realidad siguió su curso. Ella rescató su ropa, a punto de ser alcanzada por la marea, y desanduvo el camino hacia el faro. Hacia las casas. Hacia los corredores matinales y los hoteles de varios pisos. Pero algo asomaba en su mirada. Un conocimiento antiguo y etéreo asomaba en el fondo de sus pupilas. Una certeza de lo inabarcable, de lo irracional. Exultante, brillante, eterna. Y cada latido de su corazón, cada huella en la arena, cada respiración, era un acto de amor.


miércoles, 29 de agosto de 2018

La leyenda del peregrino de la piedra

Cuentan las viejas lenguas muchas historias en el Camino, pero no todas las leyendas vienen de antaño. Al recorrer los kilómetros peregrinando a Santiago, el viajero incrédulo se enfrentará a sus recelos y prejuicios, abriendo los ojos del alma a una realidad abstracta que se escapa entre los dedos y, tras un breve instante de suspenso, desaparece en una leve carcajada. Este es uno de esos cuentos modernos, absurdas habladurías que no por ello son menos ciertas por la certeza que les otorga la fe de la autora.

Hace no tanto tiempo, en las áridas llanuras de la Meseta Castellana, un autoproclamado peregrino recorría indolente el sendero que le llevaría hasta el apóstol. Obviando las miserias del polvo, el calor y el agotamiento, había tratado de evitar al máximo las incomodidades inherentes al camino, utilizando en varias ocasiones un autobús para sortear áreas industriales, contratando un servicio de recogida y transporte de mochila y atajando cuando la etapa se hacía demasiado larga. Aún así, como bien sabe todo valiente que se haya embarcado en este tipo de empresas, cada día llegaba cansado y sudoroso al refugio de peregrinos, guardando sus últimas fuerzas para montar en cólera si no encontraba el lugar enteramente a su gusto. No era rara la ocasión en la cual negaba su donativo al lugar a causa de encontrar la cena comunitaria escasa o sosa, o por haber tenido que soportar los ronquidos de algún otro caminante.

Aquel día la etapa había sido especialmente exigente. Paso tras paso, la Meseta parecía crecer frente a él en lugar de hacerse más pequeña y el sol brillaba impasible sin apiadarse lo más mínimo de los que se atrevían a desafiarle. El peregrino, bien provisto de agua y protector solar, apenas dirigió la mirada a la figura que se veía a un lado del camino, un bulto agazapado bajo algo que sería osado llamar sombra, pero un gemido le hizo reducir la marcha.

- Por favor, señor, por favor, necesito su ayuda...

Tras vacilar un momento, el hombre se paró y desanduvo los escasos metros que le separaban del origen del sonido. Un peregrino de edad indefinidamente avanzada yacía sobre un macuto gigantesco adornado con una única vieira blanca, a su lado se encontraba un cayado nudoso de madera y unas botas destrozadas descoloridas por el sol. El viejo habló con lágrimas de dolor resbalando por su rostro:

- Tengo que llegar al próximo albergue, está solamente a un kilómetro, pero no soy capaz de cargar conmigo mismo y con mi mochila. Tengo ampollas en los pies y las piernas no me sostienen más. Por favor, ayúdeme a llegar...

El peregrino se alarmó, seguro de que el viejo intentaba aprovecharse de él de alguna manera.

- Lo siento, viejo, pero no puedo hacer nada por ti... estoy cansado y quiero seguir un poco más, no puedo parar en ese albergue.

- Por favor, señor, solamente es un kilómetro, sé que para usted eso no va a suponer mucho y para mí es todo... vengo desde Saint Jean Pied de Port cargando con mis pecados y prometí llegar para limpiarlos, pero no puedo hacerlo solo.

- Viejo, eso debiste pensarlo antes de venir con esa gran mochila. Mira, puedo llamar un taxi que venga a buscarte, pero he pagado mucho para no tener que llevar peso y poder cumplir con mis etapas previstas. No, lo siento, pero es imposible. Ahora debo seguir o no llegaré a tiempo a mi destino.

Sin escuchar más los ruegos del viejo, el turigrino continuó caminando resuelto, convencido de haber actuado correctamente. Sin embargo, al llegar al siguiente albergue, un cansancio tremendo se apoderó de él, obligándole a parar. A duras penas llegó hasta la puerta y la abrió, entrando a la fresca oscuridad del interior. La hospitalera le comentó que solamente les quedaba la cama reservada a personas con movilidad reducida y que a él, al no llevar mochila, no le estaba permitido pernoctar.

- Si yo sí que tengo mochila... me vi obligado a abandonarla por el camino pensando en recogerla mañana pero, si es realmente necesario, puedo ir a por ella.

En efecto, el turigrino, jadeando por el esfuerzo, volvió al lugar donde había visto al viejo y encontró la mochila ahí abandonada. Miró en todas direcciones, pero no encontró a nadie, así que tomó la mochila y, cargándosela a la espalda, emprendió el regreso. No bien hubo dado un par de pasos cuando el cielo se oscureció y un trueno retumbó ensordecedor frente a él.

"HAS CONTAMINADO MI CAMINO" 

El turigrino, asustado, soltó la mochila y trató de escapar, pero ya era demasiado tarde. El que parecía un viejo se apareció ante él, revelándose como el mismísimo apóstol Santiago y, enfurecido, le habló con la voz de las miles de personas que habían recorrido esos parajes.

"Con tu pereza y tu egoísmo contaminaste mi Camino; tu propia inquina te ha condenado. Vagarás por esta senda cargando con tu penitencia hasta lograr tu redención"

Dicen las nuevas lenguas, las que recorren los caminos centenarios, que cuando se está haciendo una etapa especialmente larga, especialmente dura, es posible encontrarse con el antiguo turigrino. El infeliz, desprovisto de toda mochila o equipaje, camina agotado cargando con una pesada piedra desde Saint Jean hasta Santiago de Compostela. Allí deberá dejarla y hacer todo el Camino a la inversa, tomando otra piedra y llevándola de nuevo al final, así hasta poder construir una catedral que emule en tamaño y forma a la del apóstol. Y añaden que, hasta que no cumpla con su cometido, no hallará el eterno descanso de la muerte.

Si te cruzaras con el peregrino de la piedra no has de temer, se cuenta; solamente dedícale un pensamiento de compasión y prosigue hacia tu destino. Sé humilde, amable, compañero. Al fin y al cabo, la vida es el Camino.



jueves, 9 de febrero de 2017

Dada a luz

La vegetación azota sus brazos desnudos mientras corre desesperada, adentrándose cada vez más en la cálida espesura. De pronto algo cede bajo sus pies y cae rodando entre piedras sueltas y tierra naranja, haciéndose un ovillo para proteger su hinchado vientre.

Aguanta inmóvil la avalancha hasta que cesa y puede incorporarse con dificultad. ¿Dónde ha ido a parar? Parece la madriguera de un roedor gigante. Mira hacia el hueco por el que ha caído. Demasiado lejano para llegar sin ayuda, y menos en su estado actual. La luz de la mañana que consigue llegar hasta el fondo muestra una cueva rocosa, un murmullo de agua un poco más allá; avanza hacia él palpando las paredes con manos temblorosas, aún sin saber qué está buscando, ¿acaso espera encontrar una escalera?

Antes de que pueda encontrar la corriente, nota un líquido caliente bajando entre sus muslos. No, por favor, ruega. Aquí no. Pero la vida no espera.

Las contracciones no se hacen esperar demasiado. Tiene que controlar la frecuencia, diez, once, doce… respira… trata de andar, pero acaba apoyando la espalda en la pared y dejándose caer hasta el suelo. Con la mano izquierda se aferra a una protuberancia del terreno como si de un talismán se tratase (respira, respira), sumerge la derecha en el riachuelo. Se moja la frente agradeciendo el regalo del frescor momentáneo. Otra contracción. Aprieta los dientes. Se recuesta de costado, presionando con su espalda el muro como si pudiera fundirse con él.

El olor es húmedo, orgánico, a tierra y algo más. Ignora cuánto tiempo ha pasado, una eternidad o unos minutos, la sofocante oscuridad no da ninguna pista. Para no pensar, piensa. Habrán salido en su busca, supone, sólo espera que no sean sus captores quienes la encuentren. Tanto tiempo pensando en huir y cuando llegó el momento no hubo planes que valieran, sólo echó a correr. Nunca pensaron que una mujer tan embarazada podría hacerlo. Y ahora, ¿qué hará ella sola, perdida, viuda…? Rechaza la pregunta nada más formularla, no es el momento. Ni, ya puestos, el lugar. Otra contracción la devuelve al subsuelo. Se sacude un poco las manos y se apoya en la pared para levantarse y caminar.

La vista se le ha ido acostumbrando a la falta de luz, pero aun así sólo aprecia siluetas. Se mueve lentamente respirando con la boca en forma de o. Se para en seco. Sus soplidos cesan. Ha visto algo, ahí, hacia el fondo, algo que brilla o que refleja la luz. Se queda inmóvil un momento y comienza a retroceder hacia el lugar desde el que había caído, ¿no parecen dos ojos?

Son ojos, está casi segura, ojos animales, amarillos, como las piedras preciosas de una alianza cara… ¡se están acercando! ¿no? ¡Mierda! No se fía de sus sentidos, bajo la tierra lo imaginado y la realidad bailan un tango en pareja. Se siente tan indefensa… Apenas nota las lágrimas de puro pánico que comienzan a resbalar hasta su barbilla. Se acuclilla con las manos protegiendo su vientre mientras nota una nueva contracción; un gemido involuntario se escapa de entre sus labios. Nota las punzadas cada vez más intensas, no cree que falte demasiado para que tenga que comenzar a empujar. Baja los párpados, tiene la boca seca y no sabe si es el miedo, el parto, o qué. Vuelve a escudriñar la oscuridad, ¿no parece haber una silueta de algún ser grande? Los ojos siguen ahí, puede que más cerca, puede que no; ya no sabe nada, el sudor se funde con las lágrimas.

Ya viene.

Te contaré un secreto, mi nuevo amigo, piensa; no está tan mal terminar sirviéndote de alimento. Igualmente pensaba matarme, encontré un frasco de matarratas e iba a beberlo... hasta que oí que me buscaba el ejército.

Empuja, empuja con todas sus fuerzas, y otra vez, y otra vez más. No es racional, no piensa, el instinto soterrado sale a la luz, no se molesta ya en contener sus gritos y gruñidos. Está empapada, acalorada, lleva las manos a su entrepierna y nota algo, ¡la cabeza! ¡Sigue empujando…!

Un llanto de vida rompe la oscuridad como un destello. Ella, aún antes de expulsar la placenta, se arrastra hacia el hueco por donde había caído. Quiere que vea el cielo. Pero al mirar hacia arriba unas formas oscuras se lo impiden. ¿Son uniformes eso que llevan?

Se arrima a su bebé al pecho. Está exhausta. "Es una niña", susurra a la oscuridad y sonríe. Y cree escuchar un ronroneo de respuesta.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Correr fantasmas

Ocurrió justo en el momento en el que dejaba de sentir las piernas. Ahí, tras haber aguantado el sabor metálico en la boca lo que se le antojó una eternidad, mientras se iba prendiendo fuego en sus pulmones y su corazón se desbocaba. Fue en ese preciso instante.

El sonido sordo de sus pisadas contra el suelo quedaba ahogado por la respiración, cada vez más agónica pese a los esfuerzos por controlarla; uno, dos, uno dos... cualquiera creería mentira que se hubiera metido ahí por voluntad propia. Casi podía notar la sangre circular cálida, enfebrecida, tratando de llevar un poco de oxígeno a sus agotados músculos. Y gotas de sudor salado se deslizaban, ajenas a todo, hasta la comisura de sus labios.

Casi podía oler la meta, casi podía verla, mierda, ¡estaba ahí mismo! Lo sentía aunque estaba ciega, sorda, envuelta en un manto de cansancio que nublaba el mundo exterior.

"No pienses, tu corre".

Y entonces algo se rompió.

Un torrente de adrenalina encendió hasta el último nervio de su cuerpo, la piel de gallina, los pelos de punta, los ojos húmedos de pasión pura. Aún sabiendo que no era bueno, aún sabiendo que no debía, corrió. Corrió y corrió, ya con las lágrimas y el sudor fusionándose. No sentía nada y a la vez lo sentía todo, reía, lloraba, existía. Todo era tangible y real. Era un infierno, pero era su propio infierno, hecho a medida.

Volaba viendo pasar los metros, los kilómetros, estaba por encima de todos ellos. Se sentía eufórica, plena, y aterrada. Tan fuerte era su alegría como su pánico, las piernas no pueden moverse tan deprisa, pensaba fascinada, las notaba incandescentes, como si se fuesen a fundir de un momento a otro. O a estallar en mil pedazos al contacto con el asfalto; notaba la sacudida del impulso que la llevaba hacia delante, hacia delante, un poco más, venga, un poco más...

Su cuerpo se dobló con violencia mientras caía de rodillas. Notaba la bilis subir por la garganta y el estómago convulsionándose. No, no, no, no... sí. Comenzó a toser y a toser, no salía nada, había algo retorciéndose dentro de su cuerpo, algo que tenía que expulsar. Venga, vamos, hazlo ya.

Se llevó las manos a la boca y vomitó, pero al retirarlas lo único que encontró fue un gordo y feo gusano, que soltó echándose hacia atrás. Una nueva arcada hizo que se inclinase otra vez, con los ojos cerrados esperando a que acabase lo antes posible, y en el suelo cayeron todo tipo de alimañas; polillas, escarabajos, ratones y culebras danzaban frente a su pálido rostro, huyendo hacia quién sabe dónde, mientras ella lloraba rogando en silencio que parase. Con el estómago contraído y los brazos temblorosos, por fin el ataque pareció remitir.

Dos manos se posaron en sus hombros, haciendo que levantase la vista; apenas podía fijarla en quien estaba enfrente.
- ¿Otra vez has comido fantasmas?
Muda, asintió. Un suspiro.
- No deberías hacerlo. Ya sabes que se te indigestan.

Aún tiritando, miró hacia arriba. Sin darse cuenta, había cruzado la meta.

jueves, 29 de octubre de 2015

In bellum

Me encantaría poder decir que hacía un día de perros, pero a lo alto el sol brillaba; un día horriblemente bello.

¡Qué importará qué país! No importa contra quién fuera. ¿Qué es, Italia, en la Toscana? ¿O la jungla colombiana? Ni distinguirlo pudiera; el mundo entero es la trinchera y no hay nada más allá.

Se desvanece la patria, sólo temes por tu vida.

Sí, llegados a este punto, desertar no es mala opción. Pero claro, ¿quién deserta frente a frente al enemigo? Sí, tu entraste en ese hoyo; salir es otra cuestión.

Mientras yo desesperaba, un soldadito lloraba aferrado a un sobre blanco y sin ninguna inscripción. Los bordes medio arrugados revelaban su importancia... yo traté de confortarle y él simplemente negó.

Caen las bombas, llueven balas, humo negro en la batalla; tras mis párpados cerrados todo truena alrededor. Y, mientras rezo aterrado a cualquier dios que me escuche, el recuerdo de mi madre, ¿vivirá para verme morir?

La última carga que estalla cayó demasiado cerca, la avalancha de metralla superó nuestra barrera. Oigo un grito: "¡cuerpo a tierra!" y, sin pensar, obedezco mientras siento cómo silban proyectiles en el cielo.

Menos suerte el compañero, aquel tipo de la carta, al que veo tras el humo derribado entre chatarra. La poca fortuna la tuvo al morir sin sufrimiento, un pedazo de metal le había perforado el cuello.

Mi curiosidad disculpo, pues tenía mis motivos, la busca de una familia, de una amante o de amigos. Así pues, en un respiro me arrastré hasta el cuerpo inerte, rescatando ese misterio de las manos de la muerte. Dudé un momento y lo abrí.

El sobre estaba vacío.

miércoles, 14 de enero de 2015

Definirrima

Estoy hecha de agua y fuego
y de tinta y de papel,
de ideas y de hechos,
de carne, hueso y piel.

Canto a la niebla del agua,
y al polvo de la tierra amé.
De la libertad esclava,
pues del sendero escapé.

En cuanto a mis entrañas,
¿qué plato he de romper?
Si al que escucha estas hazañas
nada le puedo esconder...

No me juzgue por mis palabras,
sino por lo que diré:
"Así que el viento me traiga calma;
yo, tempestades sembraré".


lunes, 12 de enero de 2015

El Señor de los Peta Zetas

Raimundo Marín era un tipo curioso, de éstos que parecen de alguna manera hinchados, que no gordos, con una impresionante cara rubicunda y feroz.

Si uno prestaba atención, podía llegar a ver las chispas que salían de sus orejas cuando se alteraba, lo que ocurría tan a menudo que, de haber sido posible convertirlas en electricidad, hubieran podido iluminar una manzana entera durante unas horas.

Una vez, su secretario perdió unos papeles importantes y más tarde juró y perjuró que había podido notar un interesante olor a chamusquina procedente del Sr. Marín. Ni que decir tiene que el buen empleado centró todos sus esfuerzos en salir disimuladamente por patas del despacho de su jefe, convencido de que iba a acabar explotando como una olla a presión y arrastrándole a él en su furibunda onda expansiva.

Sí, Raimundo era lo que su abuela, que en paz descanse, llamaba de “genio vivo”. Pero no destacaba mucho más. Era apreciado en la oficina en la que trabajaba, y todos le consideraban un hombre “hecho y derecho”, para quitarse el sombrero. Claro que no sabían mucho de él, aparte de que no estaba casado. Nunca se quedaba después del trabajo, aludiendo que estaba cansado, llevaba trajes marrones ligeramente pasados de moda y todos le presuponían algún hobby con un nivel de riesgo y emoción equiparable a la filatelia.

En realidad la vida del Señor Marín no era muy distinta de lo que pensaban. No le hubiera importado casarse, no era un solitario, pero necesitaba tener cierto celo con su privacidad. Y pocas personas hubiesen podido convivir con sus pequeñas peculiaridades.

Oficialmente, en los años de su juventud, su coche había decidido que los frenos eran para los débiles y se había precipitado alegremente por un terraplén llevando a un chispeante Raimundo Marín en su interior. Menos mal que un árbol decidió frenar la carrera, resultando en un nada espectacular choque que dejó a Raimundo inconsciente durante un rato encima del claxon. Atraídos por el sonido infernal, los servicios de emergencia llegaron rápidamente y comprobaron que no había nada que unos puntos y muchos analgésicos no pudieran solucionar. Colorín colorado y este cuento ha acabado.

Raimundo Marín nunca se atrevió a confesar a nadie lo contrario. Como por ejemplo, que mientras el coche rodaba ladera abajo, un montón de luces le habían rodeado y, sin saber cómo, había acabado cabeza abajo en algo que parecía una jaula; en un lugar que, por las paredes metálicas y los paneles de control llenos de lucecitas, dedujo que no era su coche. Con su habitual capacidad para mantener la calma en situaciones de tensión, había optado por prorrumpir en improperios varios hasta que apareció atravesando la pared un curioso personaje de piel verdeazulada y serios problemas de alopecia. Le dijo algo que probablemente pretendía ser tranquilizador, a lo que Raimundo respondió tirándole uno de sus zapatos. Poco después, una aguja se clavaba en su brazo, sumiéndole en un sopor que cualquier fan de los opiáceos hubiese admirado. El Sr. Marín nunca pudo recordar más allá de un batiburrillo de sensaciones extrañas, pero desde entonces su vida se volvió ligeramente distinta.

Cada tarde, el Sr. Marín llegaba a casa del trabajo, atravesaba la típica y aburrida entrada y colgaba su abrigo en el perchero. Cuidando que puertas y ventanas estuviesen bien cerradas, entraba en un salón que hubiese hecho las delicias de cualquier diseñador colocado de LSD y aficionado al fosforito. Allí, desconectaba el teléfono, y esperaba hasta la noche para salir a por un par de deliciosos gatos del vecindario que tomaba como opípara cena; terminando la velada como cualquier otro, sentado en el sofá mirando la estática de la tele y comiendo caramelos explosivos.

Sí, Raimundo era un tipo curioso, aunque nadie lo diría. Para el mundo puede que fuese el Sr. Marín; pero todas las noches, sentado en su histriónico salón con su tocado púrpura y su bata verde lorito, se convertía en el Señor de los Peta Zetas.


lunes, 15 de diciembre de 2014

De pájaros y peces

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. Pero, claro, eso no le importa mucho a nadie. Esa es la gracia de los milagros, que son cosas pequeñas que todo el mundo espera que sean grandes, así que se esconden como ratoncillos por los recovecos de la vida y se acurrucan hasta que un observador lo suficientemente atento los encuentra y, si es una de esas personas que saben de secretos, guarda su recuerdo atesorado hasta el último suspiro.

La niña era un pájaro, pero acabó siendo un pez. Qué lástima, pensaron todos, era un gran pájaro. Volaba de un árbol a otro, de un tejado a otro y de las farolas hasta la estatua de la plaza principal. La gente adulta miraba con ese dulce asombro que se reserva a las locuras de los niños pequeños, y los chavales de la aldea vitoreaban con admirado regocijo las proezas de la niña-pájaro, que permanecía indiferente. Un ave no busca alabanzas con su vuelo, el aire está en su naturaleza.

Todos la querían, era una fresca brisa de alegría para el frustrante día a día de los isleños, que trabajaban duro para mantener la pequeña industria pesquera del lugar, a todas luces insuficiente para sacar a las buenas gentes de la pobreza. Algunas familias sufrían y lo pasaban mal. Pero no eran personas crueles, y querían a la niña-pájaro. Por eso nadie entendió cómo alguien podía haberle hecho daño. Quizás fue porque donde hay un ave tiene que haber un cazador; o quizás algún pobre diablo hundido en la miseria no pudo soportar tanta belleza.

Pero, ¿qué clase de depredador acecharía durante quién sabe cuántos días y untaría grasa en el borde de su nido preferido para hacerla caer? ¿Cómo es posible que exista un ser tan horrible que sea capaz de golpear y violar su frágil cuerpecillo toda la noche y luego dejarla tirada y mutilada en la orilla del mar? ¿Qué depravado sin alma ni corazón puede llegar a hacer eso? Simplemente no cabía en la cabeza de los aldeanos que alguno de ellos pudiese albergar en su interior a tamaño monstruo. Les incomodaba sobremanera pensar en ello. Así que no lo hicieron.

Y así, poco a poco, olvidaron a la niña-pájaro sin alas, que se convirtió en media niña. En una niña rota. Su familia lloró la desgracia, pero se alegraban de que estuviese viva; y tanto era su alivio que no se dieron cuenta de que la niña rota no lo estaba sólo por fuera, sino también por dentro. El malvado le había quitado algo más que la movilidad de las piernas, le había quitado la mitad de su ser. No hablaba, no comía, no vivía. Preferiría haber muerto.

Esta madrugada, en ese momento azul antes del amanecer, la niña rota decidió morir del todo. Se montó en su silla de ruedas y recorrió trabajosamente el camino hacia la orilla del mar, buscando el lugar donde la habían encontrado ese fatídico día, para así cerrar el círculo de su desdicha. Allí, se adentró en el agua, silla incluida, hasta que una ola la volcó y la arrastró. Se dejó flotar, esperando el frío eterno.

Pero los rayos del sol irrumpieron tiñendo las nubes de mil tonos de cálido naranja, y era muy bonito, así que la niña rota braceó un poco para verlo mejor. Recordó que desde el embarcadero del final de la playa se veían unos amaneceres preciosos, y quiso ver uno antes de partir. Así que sin darse apenas cuenta comenzó a nadar hacia allí. Era agradable. El agua hacía su cuerpo ligero, y al deslizarse por ella notaba su caricia y su apoyo, sus brazos se acompasaban con el vaivén y se sentía libre de ir, venir, subir, bajar… casi como si volara.

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. Uno de esos milagros pequeños, que no importan a nadie, salvo al que los ha recibido. Hoy el agua ha llenado la mitad que le faltaba, y la niña ya no está rota. Ella era un pájaro, pero ha acabado siendo un pez.


domingo, 23 de noviembre de 2014

Sólo apto para adictos al viaje

Porque hay que buscar los milagros muy fuerte si es que se espera encontrarlos algún día, por primera vez en la historia de este blog publico un vídeo-artículo en lugar de la tradicional palabra escrita.
Cualquier enamorado de los viajes entenderá por qué una lágrima tonta hace por salir cada vez que lo veo. Seguro que sabes a qué me refiero... ¿verdad?





Mil gracias.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Buscando un milagro

Es obvio que no lo voy a conseguir... no soy una de esas personas con miles de contactos y una sólida red de relaciones online (ni offline, ya que estamos). Pero no puedo pasar sin intentarlo.
Todo el que más o menos me conoce sabe que cuando oigo la palabra "viaje" se me van los pies, y la cabeza y el corazón, y que una sensación casi incómoda por lo intensa me recorre por dentro y se instala en el estómago para quedarse. Necesito el viaje, necesito la experiencia, necesito la ayuda de quien pueda votar en este concurso que me lleva la razón.
Quizás no sea la mejor blogger del mundo... pero lo haría con todas las ganas de un sueño cumplido.
Así que aquí va: el concurso de Destino Sudamérica.
Solamente hay que darle a "me gusta" sin registrarse ni nada, sin compromisos. Solamente el "me gusta" de muchos internautas puede hacer que esto salga adelante.
Por supuesto es casi imposible que mi candidatura salga en lugar de otras, pero... ¿alguien me ayuda a encontrar un milagro?

VOTA AQUÍ
 http://www.destinosudamerica.com/concurso-participante/?dsaceid=eHw1MzY3



sábado, 10 de mayo de 2014

Momentos despiezados

Uno, bonito. 
Cuando, más o menos hacia el mediodía, caminas hacia tu casa envuelto en un manto de bochorno. Y, de repente, una gota no, un goterón choca contra tu hombro. Miras hacia arriba, medio mosqueada, medio agradecida, y aprietas un poco el paso para llegar antes a un techo cubierto. Pero al lagrimón le sigue el llanto, y cuando quieres darte cuenta estás huyendo a la carrera de los chorros de agua que caen del cielo. Es ahí, la lluvia en la cara, los rayos de sol que se filtran en los nubarrones haciendo que todo luzca amarillo, dorado, el calor, el olor húmedo de la tierra, la sed del asfalto. El arco iris que se forma ante tus ojos. Ese momento eufórico en el que corres aunque ya no es necesario: estás empapado y es maravilloso.

Otro, cruel.
El mismo camino, acabas de bajar del autobús. Hace calor, pero del que pica. El sol es despiadado, y tú te sientes despiadada también. Estás cansado, quieres llegar a casa. Todo suda y todo apesta y todo quema. Es sólo un instante, es ese hombre bajito al que se le ve el cartón, con gafas feas y orejas salientes, con un traje azul marino también feo. Todo es feo. Encaja tan jodidamente bien con el momento, que te molesta. Le odias. Le pegarías una patada en su rancio trasero de vendedor de seguros falsos. Observarías cómo rueda por la cuesta abajo. Es sólo un instante. Ahora ya no te molesta, de hecho, te da una cierta compasión. Hay algo triste y patético en él. Jamás le harías ningún mal. Y en la parte de arriba de la cuesta sopla una ligera brisa.

Otro, triste.
En casa, oyes un zumbido (que tu imaginación origina en un enjambre de avispas gigantes asesinas) y te acercas a ver qué pasa. Aliviada, observas que sólo es una solitaria abeja... enorme, eso sí. Te quitas la zapatilla y observas. La abeja choca desesperadamente contra la ventana del pasillo, se enreda en la cortina y se traba en la persiana. Como un ser ciego y furibundo en un laberinto inexistente, haciendo caso omiso a tus débiles intentos de ahuyentarla o acabar con ella. En su delirio, cae mareada al suelo. Te acercas y revive, pero sólo para reanudar con más fervor aún sus intentos de escapar cuando es imposible, empeñada en ir en la dirección contraria a su libertad, guiada por una luminosidad asesina. Al cabo de un rato, el zumbante golpeteo cesa y descubres a la abeja muerta en el suelo. Éste es, es el momento. Cuando, aún con la zapatilla en la mano, te tragas las lágrimas que estaban a punto de salir y vas a por la escoba con un extraño nudo en el estómago.




martes, 21 de enero de 2014

"Romance" de un mundo feo.

   El mundo era feo, y ella lo sabía. Lo sabía mejor que los demás, desgraciadamente. Mejor que el intento de ser humano con seis ojos que estaba sentado delante de ella. Seis ojos podrían haber sido más que suficiente para entrar en la categoría de Los Que Ven, pero saltaba a la vista que los de ese... esa... persona no eran funcionales, estaban velados por una telilla amarilla y tenían formas poco convencionales. Probablemente sería de Los Que Escuchan, por los dos orificios de los lados de su cabeza, coronados por pequeños pabellones auditivos que se movían en dirección al sonido. No era tan raro, había quien tenía un sónar.

   Era feo el mundo, sí. Lo sabía bien; mejor que esa mujer de espaldas informes y dos cabezas, probablemente una de ellas vestigial, aunque no sería fácil tarea tratar de distinguir cuál de las dos. Era admirable que viviera. Normalmente, los que habían mutado hasta el punto de desarrollar tales malformaciones no lo hacían. 
Que estuviera viva indicaba una cosa: era mujer y fértil. De lo contrario, habría sido expulsada nada más salir del vientre del engendro que tuviera por madre. En un tiempo se trató de hacer una selección genética, aceptando solo bebés no mutados o con mutaciones menores. Hasta que dejaron de nacer. Hasta que la humanidad rozó su propia extinción. Cada vez se fue ampliando el rango de aceptación hasta llegar al actual: hombre viable, independiente y fértil; mujer fértil; incluso se estaba considerando aceptar también hombres que no pudieran valerse por sí mismos, solamente hasta la madurez sexual.

   ¿Duro? No mucho. Tras la Última Guerra, nada parecía duro, aún habiendo transcurrido diez generaciones de ésta. Abandonar a los Mutados (curioso nombre en un mundo en que todos eran mutantes) era humano. Eran despojos estériles que no podrían dar a la especie lo único que ésta precisaba: el preciado bien de la reproducción. La esperanza que, con el tiempo, sobreviviera más de uno de cada cien críos, siendo optimista. Que los malos genes se diluirían y que dejarían atrás el pánico primitivo a la desaparición completa. Que el mundo dejaría de ser feo.

   Al desaparecer los países, hundirse las tierras y crecer montañas donde antaño había mares, la clasificación de las personas había debido cambiar también, quedándose reducida a tres grupos: Los Que Ven, Los Que Escuchan y Los Que Tienen Garras. También los Mutados, claro, pero éstos no eran personas. A Los Que Ven y Los Que Oyen les daban miedo Los Que Tienen Garras. No muy inteligentes en general, pero muy violentos, hacían la función controladora y represora del grupo. No todos tenían garras, algunos tenían dientes. Otros, solo colmillos. Todos ellos vivían aparte para evitar los "accidentes". Ella nunca había llegado a comprender las razones por las que estaban ahí, donde podían descontrolarse y causar daños. El matar a propósito a otro ser humano era impensable, eran demasiado pocos; pero siempre disculpaban a Los Que Tienen Garras cuando un "accidente" ocurría.

   El mundo era feo y era gris. Ella lo sabía mejor que los otros de Los Que Ven, porque si había alguien que Viera era ella. Había sido declarada oficialmente la que tenía el ADN más sano de toda su comunidad. Casi parecía una chica como las de las antiguas fotografías. Su única mutación conocida era su condena. Tenía un ojo en mitad de la frente, un ojo que siempre mantenía cerrado y vendado. Porque veía. Veía lo que nadie más era capaz de ver. Lo que fue el mundo, lo que era y lo que podría haber sido. Veía las corrientes de energía escaparse de sus ciclos originales, grotescamente retorcidas. La corrupción real de todo lo que había conseguido sobrevivir. La estela de lo que un día llenó el mundo: verdes brillantes en lugar de grisáceos, flores coloridas y fragantes en lugar de malolientes y carnosos capullos, animales maravillosos en vez de seres repulsivos y venenosos que se arrastraban por su propia supervivencia. El sol brillante y cálido, el cielo azul, ¡árboles!... el ser humano no había sido la única víctima de la Última Guerra. Y aunque la vida seguía adelante y algunos de los demás seres vivos habían logrado hábiles adaptaciones al medio, el mundo era feo. Oh sí, era terriblemente feo. Y seguiría siéndolo.

   En un mes, ella iba a cumplir los 16 años: edad de procreación obligatoria. Ya cumplía con las cuotas de coitos anuales desde que comenzó a menstruar, pero en un mes acabaría el tiempo de gracia y sería obligada a concebir y gestar un ser humano. Había grandes esperanzas puestas en su futura progenie. 
Pero había un problema. El problema que iba a hacer que dejase la relativa seguridad de la comunidad para salir Fuera, probablemente a morir a manos de un Mutado inestable o en una de las numerosísimas zonas muertas, o comida por algún bicho. El problema era que ella sabía que no había esperanza, así que no generaría vida. No en un mundo así.

Por eso se largaba. Bajo ninguna circunstancia daría luz a un hijo.

Se levantó del banco en el que estaba, aplastando sin querer una cucaracha que había estado intentando subir a su pierna. No había nadie vigilando la frontera de la ciudad (nadie querría marcharse y los Mutados eran arrojados lejos), y nadie le dedicó dos miradas mientras se alejaba.

Ella echó una mirada por encima del hombro, suspiró y siguió adelante con un pensamiento fijo: "Por nada del mundo..."

martes, 31 de diciembre de 2013

Por qué me cae mal Arwen.

   Hace un par de días que los estreptococos me tienen encadenada al sofá de mi casa, lo que, aunque en un principio puede parecer confortable, en seguida se traduce en un terrible aburrimiento. Por eso, en cuanto la fiebre remitió, decidí volver a ver las películas de El Señor de los Anillos, que siempre me han gustado y me han entretenido mucho. En general, adoro lo épico de esta historia que me permite relajar mi conciencia pacifista; es un relato tan fantástico que los malos son Malos y los buenos son Buenos. Y punto. Y esta sencillez moral me encanta, especialmente cuando estoy hecha polvo en el sofá y no me apetece pensar.
Pero hay un personaje que, fuera de las exigencias de su guión, siempre me ha caído fatal. En los libros y en las películas. Y no es un personaje pensado para ser odioso, como el Senescal de Gondor, o repulsivo, como Grima, el secuaz de Saruman... sino para ser algo adorable, amable y encantador. Siendo esto así, ¿por qué narices me cae tan mal Arwen?

   Antes de empezar, quiero dejar claro que no es la actriz, es el personaje lo que no aguanto (aunque la pobre actriz se lleva algo de rebote, como pasa siempre). No aguanto esa actitud de sufrimiento eterno, de sacrificio por el amado, de fragilidad constante... no aguanto que se alaben estas cosas como si fueran buenas y la encumbren como la reina de la valentía y del amor. Porque, ¿en serio pretenden que me trague eso? ¿que la máxima expresión del amor es renunciar a lo que tú eres, a tu familia, a tu esencia, por el destino de otra persona? ¿que lo más deseable en una mujer es que, mientras que medio mundo está en pie de guerra luchando contra el mal, ella yazca enferma y moribunda con la esperanza de que todo salga bien para salvarse? ¿en serio es valentía eso, esperar sin tener la capacidad de actuar, o sin siquiera intentarlo?

   Si esto es así, entonces por mí pueden meterse el amor y la valentía por donde les quepan. Arwen es la suma de los roles femeninos que rechinan: la belleza sin utilidad, la desvalida a la que hay que salvar, la mujer que solamente sirve para aparecer en canciones de amor. No, no la aguanto. Me recuerda que hay quien sigue pensando que este es el mejor papel que puede cumplir una mujer, y eso me da más asco que todas las criaturas de Mordor juntas. Y es que es la idea que se pretende lograr: Arwen como objeto de amor de Aragorn, precisamente por sus "cualidades femeninas". Arwen, la que cumple con el ideal de mujer. Y Aragorn, por supuesto, como macho tipo que es un rey y lucha mucho y muy bien. La pareja ideal, ¿no? Bueno, Aragorn no me cae tan mal porque, al menos, hace cosas. Pero he de decir que dista mucho de ser mi personaje preferido.

   Volviendo a Arwen, también me mosquea que tiene una relevancia en la historia puramente relacional: está ahí por ser la churri de Aragorn. Sin más. Es curioso cómo en las películas buscan excusas tontas y modifican escenas solamente para que aparezca y así rentar el salario que le han pagado a la actriz, porque el personaje no tiene importancia alguna por si mismo. Quiero decir, Arwen no hace nada, el 90% de las veces que aparece es en los pensamientos de Aragorn, lo que le da un papel odiosamente simple. No sirve para nada, no hace nada, solamente aparece si su amado piensa en ella... Arwen no ES nada, es algo en relación con un hombre. Y eso, puesto como papel ideal femenino, me cabrea mucho.

   Por suerte hay más féminas en esta trilogía (no muchas... pero son libros de los 50, creo, ¿qué se puede esperar?). Galadriel... no está nada mal. Es poderosa, mucho. Y Eowin. Eowin es uno de los personajes que más ha contribuido a que me guste esta historia. No es un personaje perfecto, pero es suficientemente grande como para estar en el top 3 de mis preferidos. Es fuerte, ansía la libertad y la gloria propia, no por otros... y no se deja pisar; es rechazada y lo supera con la cabeza bien alta, sin tonterías. Eso sí que es un rol femenino. Pero tanto la historia como la crítica y el público le dan una mayor atención a Arwen que a ella, y eso también me mosquea. Ójala un mundo con mayor admiración por las Eowins luchadoras que por las Arwens dolientes. Ojalá un mundo en que las mujeres luchen por ellas y no sufran por otros. Ojalá un mundo en el que no se considere que esto es generosidad y que es una virtud. Ojalá. Sería más justo.

   Y, es por esto, amigos míos, que no soporto el personaje de Arwen, la elfa del Señor de los Anillos.
¡Feliz año nuevo!



¿¿¿En serio me lo están diciendo???

jueves, 12 de septiembre de 2013

DESCARGAR GRATIS LA RUEDA DEL TIEMPO - UN RECUERDO DE LUZ (EPUB)

Esta es la última entrega de la saga de Robert Jordan "La Rueda del Tiempo", que hoy mismo ha sido publicada en español.


Yo, ingenua de mi, decidí comprar el libro electrónico, porque quería tenerlo con un formato decente, una buena traducción... con una buena calidad, en definitiva. Pero, por supuesto, ya ni pagando son fáciles las cosas. El lector de libro electrónico que tengo yo es uno de los primeros que salieron al mercado, por lo que carece de funciones wi-fi y mierdas de esas que ahora son el pan de cada día, por lo tanto, aun habiendo pagado 10 euros por un libro electrónico (que, recordemos, no tiene gastos de distribución, de impresión, la edición es la cosa mas simple del mundo... etc.) encuentro que NO puedo leer mi nuevo libro, ya que tiene un bichito llamado Adobe DRM (una especie de barrera anti-copia) que me lo impide. Además de eso, me veo obligada a descargar un programa de Adobe simplemente para poder guardar el archivo de MI libro (por el que he pagado) en MI ordenador.
Por supuesto, todo tiene arreglo, y después de investigar descubro la manera de romper esa protección y así poder leer el libro en mi lector.
Por supuesto, romper esta protección anti-copia (y anti-lectores que no sean los que la Casa del Libro quiere) podríamos decir que roza los límites de la legalidad. Para ser legal yo tendría que haberme ido corriendo a comprar un lector nuevo y tirar el mío, que funciona perfectamente, a la basura. Es así, ¿no?
Bueno, finalmente, gracias a la gente de Internet con los mismos problemas que yo y a unos básicos conocimientos de informática he logrado mi objetivo de hoy de tener mi libro.
Pero, a pesar de haber pagado su precio, he tenido que comerme la cabeza, buscar, romper reglas, descargarme cosas... perder mi tiempo. Por culpa de las editoriales y de su afán por que los simples mortales como nosotros no podamos leer un libro sin problemas o sin pagar de más.
Por eso, yo comparto. Es mio y tengo derecho. En el enlace de abajo se puede descargar sin ningún problema y gratuitamente el libro "Un Recuerdo de Luz" de Robert Jordan en formato epub.
Que se jodan.
Disfrutadlo ;)

LA RUEDA DEL TIEMPO - UN RECUERDO DE LUZ (ROBERT JORDAN Y BRANDON SANDERSON) Copia y pega en la barra del navegador:
https://mega.nz/#!kYhU0AQJ

(ACTUALIZADO 08/11/2016)



Si el enlace no funciona, avisadme y lo subo otra vez. Gracias!
Clave de cifrado: !xbuixWFsBIHPRIqMfRhmUj4d554TzeN0VsIr9dsTe7U

domingo, 14 de abril de 2013

Dentro del agua I

  Era una desapacible noche. Las olas del mar chocaban contra los maderos podridos del viejo embarcadero.  Ni un alma se hubiese atrevido a pisarlo, se quebraría, condenando al osado aventurero a un buen chapuzón en el mejor de los casos. O a la muerte entre las rocas, en el peor. La corriente en ese lugar era famosa por traicionera y hasta los incautos turistas se guardaban de desafiarla.
  De todas maneras, aquella noche no había peligro, ya que el lugar se hallaba vacío. Los relámpagos iluminaban las aguas negras salpicadas de espuma con un resplandor enfermizo que las convertía en una pócima venenosa. No hubo perdón para el cuerpo que flotaba entre las olas, zarandeado por ellas, apareciendo y desapareciendo hasta que por fin, fue escupido entre las rocas, con la fortuna de ser arrastrado hacia una cueva oculta, horadada por furiosas tormentas y suaves oleajes durante siglos, más antigua que la memoria, virgen de la intromisión humana.
  El cuerpo chocó contra la pared violentamente, cayendo a suelo firme en esa posición antinatural que deja claro que los elementos no respetan siquiera el frío reposo de la muerte. Los peces, por el contrario, sí lo habían respetado, pues aún hinchado y verdoso, el cadáver mostraba sus rasgos intactos, especialmente los ojos, de mirada fija y perdida en el mundo al que van los que dejan atrás este. Era una joven, casi una niña, que había encontrado su fin prematuramente entre las mismas aguas que ahora maltrataban su cuerpo. El pelo, largo hasta la cintura, estaba hecho una maraña con algas verdes, y su ropa había dejado de tener forma o color. No sería posible aventurar su procedencia, pero sí sabemos con certeza que su destino era acabar descansando en el encharcado suelo de esa cueva. 
  Poco después, un torrente de agua cálida y salada comenzó a inundar la cueva de forma inusitadamente calmada. Enterró bajo las aguas la figura, casi como si la abrazara, y la inundó totalmente, desplazando el agua fría que se había alojado ya en sus pulmones, en su estómago, en todos los lugares de su organismo.
  En verdad ese torrente se comportaba de una forma muy extraña. Como si tuviese una voluntad que lo guiase. Cuando hubo terminado su cometido, se retiró, dejando el cuerpo con delicadeza en el suelo rocoso, con mucho mejor aspecto del que tuviese en un principio. La calma sucedió a la tempestad, como es costumbre, y la gruta quedó a oscuras, secreta, guardando a su siniestro ocupante.

(Continuará...)


lunes, 8 de abril de 2013

Romance lector.

Si me quieres enamorar... cuéntame cuentos. Escritos o inventados. Llévame a otro mundo con tus palabras, de tu cabeza a la mía. Cuéntame historias de princesas y hechiceros. De dragones. O, si quieres, de indios y vaqueros. De monstruos y aliens, o del bien y del mal.
Haz que la ficción cobre vida a través de mis oídos. Crea un cuento donde tu y yo aparezcamos, y seamos héroes. O temibles villanos.
Porque las historias son íntimas. Son maravillosas. Un producto de tu mente que compartes conmigo, dejándome entrever tu mundo de dentro. Y yo así puedo ser parte de él, de la parte mágica de tu pensamiento.
Si me quieres enamorar, déjame entrar en tu fantasía. Hazme soñar con tus sueños. Invéntame una vida diferente cada día.
Si me quieres enamorar, cuéntame cuentos.



domingo, 10 de marzo de 2013

Cuento de hadas (2.1.)

  Desde la distancia se escuchaba el golpear de los cascos contra el suelo. El caballero galopaba en su caballo, loco por recorrer los últimos kilómetros que le separaban de su amor. Sin prestar atención al agotamiento suyo o del animal, continuaba presionándole para llegar al castillo donde yacía lo antes posible, para romper el hechizo antes de que fuese irreversible.
  Quién le iba a decir a él poco antes que llegaría a estar en esta situación. El caballero tenía apalabrado un matrimonio más o menos agradable con una noble menor del reino, lo que le reportaría una vida cómoda y holgada sin muchas preocupaciones. Pero esa boda jamás llegó a celebrarse, no cuando apareció de repente en su vida otra persona que le robó el corazón y le abrió los ojos a la verdad y al amor.
  Pero sus familias no iban a permitir que los amantes destruyesen las vidas cuidadosamente planeadas que tenían para ellos, por lo que contactaron con la criatura más terrible que caminaba sobre la faz de la tierra: la malvada bruja Media, para que resolviese el problema.
  El caballero apretó los puños con rabia al recordar cómo Media había encerrado a su amor en una torre, sellándola con un hechizo de sueño que sólo se rompería, cómo no, con un beso de amor verdadero. Pero la posibilidad de romperlo era limitada. Si se tardaba más de un año y un día desde el momento en el que se formuló el hechizo, éste cobraría demasiada fuerza, condenando a su víctima a un coma eterno hasta el fin de los tiempos, cuando el mundo quedase reducido a la nada más profunda.
  Y el día siguiente vencería el plazo. De ahí la desesperación del caballero por llegar. Había superado demasiados peligros y obstáculos para llegar tarde en el último momento.
  Cuando, un año atrás, le arrebataron lo que más quería, encerrándole en una cárcel para evitar que saliese del pueblo, no demoró mucho en escaparse, y, con la ayuda de una amiga de la infancia, supo dónde habría de dirigirse. Pero la malvada Media no iba a dejar que nadie fuese feliz, ya que se alimentaba del odio, el morbo y la desgracia de las personas; así que lanzó un hechizo sobre el caballero haciendo que todas las personas con las que se encontrase por el camino le viesen como un monstruo horrible y tratasen de encerrarlo o de matarlo. 
  Y así, una multitud le persiguió hasta prenderle y encerrarle de nuevo a la espera de su ejecución. Por suerte,  en ese lugar habitaban dos gemelos huérfanos con poderes mágicos, que les permitían ver las cosas como son y no como parecen ser, y ayudaron al caballero a escapar. El caballero, agradecido, les prometió que pagaría su deuda y que volvería a por ellos algún día.
  Recorrió desiertos ardientes y montañas heladas, sorteando todos los problemas que Media ponía en su camino gracias a su valentía y a su buen corazón. Vivió grandes aventuras y pasó mil penalidades, pero nada parecía lo suficientemente duro para hacerle desistir de su empresa. Resistió lo irresistible solamente con el deseo de llegar, tomar la mano de su alma gemela y besar sus labios una vez más, para poder estar juntos toda la vida.
  Finalmente, con el corazón latiendo desbocado en el pecho, el caballero llegó a la torre, y corrió subiendo las escaleras hasta llegar a lo más alto. Pero Media guardaba un truco más en la manga. Se había disfrazado, tomando la apariencia del padre del caballero, al que éste amaba y respetaba profundamente, y se había colocado en la puerta de la habitación bloqueando el paso.
  Cuando el caballero llegó, el falso padre se echó a llorar diciéndole que cómo había podido hacerle esto, que él solamente quería su bien y que, por favor, volviese a casa y olvidase todo el asunto. Que estaba dispuesto a perdonarle. El caballero dudó, las palabras en boca de su padre le causaron un tremendo dolor en el corazón, ya que no quería decepcionarle. Casi llegó a convencerse, pero cuando se disponía a marcharse resignado se dio cuenta de que, si bien su padre quería su felicidad, ésta no residía en pasar toda su vida negando a quien amaba, así que se lo dijo. La reacción de la bruja fue tan exagerada que el caballero descubrió el engaño, clavándole acto seguido la espada en el corazón y enviándola al infierno del que había salido.
  Por fin, pudo entrar en la habitación. A pesar de la escasez de tiempo se detuvo un momento a contemplar a su amor. Sus cabellos dorados, su piel pálida, sus ojos, que aun estando cerrados, el sabía que eran del color de la miel en verano. Su príncipe.
  Avanzó hacia él, y tomando su rostro masculino de rasgos angulosos, le besó en los labios, rompiendo así la maldición. El príncipe despertó, y cogió las manos del caballero que había ido a salvarle. No dijeron nada, pero su mirada hacía superficiales las palabras.
  Regresaron a su hogar, y de camino, recogieron a los dos gemelos acogiéndoles como si fuesen sus propios hijos. Las familias se alegraron tanto de recuperarles que suplicaron el perdón de la pareja, dándoles su bendición. Se casaron y la boda fue el acontecimiento más importante de todo el reino, durando 4 días y 4 noches. Y, cuando llegó el momento de subir al trono, fueron reyes justos y bondadosos, viviendo felices hasta el fin de sus días.

  Y colorín colorado... este cuento se ha acabado.



lunes, 28 de mayo de 2012

Festivales

  Cuando has ahorrado como buenamente has podido una cantidad considerable de dinero. Cuando viajas en tren cargado con millones de cosas, que nunca son las suficientes. Cuando te has peleado por conseguir un sitio donde, bajo un sol de justicia y sudando a mares, montar tu tienda. Cuando has pasado horas bajo un toldo improvisado con sábanas que no conseguía nada más que mitigar el tórrido calor ambiental. Cuando has comido bocadillos con hierbas secas pegadas. Cuando has tragado tanto polvo que tu garganta sigue escociendo dos días después. Cuando has dormido en el suelo y tres horas más tarde el sol ha convertido la tienda en un horno, despertándote bañado en sudor. Cuando has pasado dos días sin ducharte y tu pelo se ha convertido en una gran rasta. Cuando has acabado dolorido de la cabeza a los piés, afónico, abrasado, golpeado, agotado... entonces, has ido de festival.

  Cuando te has reído a carcajadas 20h al día. Cuando los vecinos de tienda te han invitado a bebidas frías. Cuando has conseguido improvisar un toldo que dure dos días. Cuando has metido la cabeza en la ducha para refrescarte. Cuando has ido medio desnudo durante todo el día. Cuando ni a ti ni a nadie le ha importado tu aspecto. Cuando has desayunado cerveza. Cuando has hecho ejercicio dando saltos en todos los conciertos. Cuando te has puesto moreno. Cuando has visto 9 conciertos y has alucinado en todos ellos. Cuando has cantado a gritos rompiéndote la voz. Cuando has ido corriendo de un escenario a otro una y otra vez para no perderte nada. Cuando te han subido a hombros en un concierto y has visto a miles de personas en el público. Cuando te has sentido parte de algo inmenso. Cuando se te han saltado las lágrimas de la emoción en una canción. Cuando te has abrazado a tus amigos para las partes lentas. Cuando tu corazón late a ritmo de grunge, tu cabeza se mueve en un perfecto headbanding, tus piernas bailan rock&roll resistiendo cualquier tipo de cansancio, y tú eres feliz, inmensamente feliz por estar ahí... entonces, amigo mío, has vivido un festival.

jueves, 5 de abril de 2012

Demonios

Todo el mundo tiene sus demonios, eso está claro. Los de unos hacen que la Corte Infernal al completo parezcan hermanitas de la caridad, y los de otros son meros diablillos, más parecidos a mosquitos que a otra cosa. Estos últimos son los más normales, los que te pinchan.
Te pinchan para que hagas cosas o te meten miedo en el cuerpo. Pican en la base del estómago, y entre los pulmones, y tú los notas. Quieres sacarlos de ahí. Estos pequeños demonios, que parecen inofensivos, pueden acabar creando amargas llagas de frustración. Y no quieres eso.
Malditos... te azuzan, te meten prisa, te recuerdan algo que quieres que pase o eso que ojalá nunca hubiese ocurrido. Te empujan a saltar. Y tú, indefenso mortal, ¿qué puedes contra ellos?
Cuando te están susurrando que los veranos se escapan deslizándose, mientras tú sigues siendo el objeto de su perverso juego... ¿cómo deshacerte de ellos? Lo peor es que lo sabes, ellos te lo dejan claro. Y también se encargan de asustarte para que no lo hagas, que pongas excusas.
Es el eterno dilema, ¿acción o reflexión? Ellos te empujan a valorar los pros y los contras, a razonar; mientras que te insinúan que te dejes llevar por la pasión. Te embriagan y te fustigan.
¿Valorar o arriesgar? Quizás esto sea lo que te salve. O quizás lo pierdas todo. Quizás lo más seguro sea guardarlo en tu caja con forma de corazón hasta que se apague del todo y muera. Pero estos estúpidos mosquitos no te dejan, no callan jamás. Sólo puedes ahuyentarles tú, o te comerán vivo. Pero tienes tanto miedo a no ser capaz de aguantar la caída...
Se burlan de ti, estás doblegado a ellos. A veces dejan de susurrar y gritan, te gritan al oído:
"Es tu decisión".


Morid, malditos... morid.