lunes, 12 de enero de 2015

El Señor de los Peta Zetas

Raimundo Marín era un tipo curioso, de éstos que parecen de alguna manera hinchados, que no gordos, con una impresionante cara rubicunda y feroz.

Si uno prestaba atención, podía llegar a ver las chispas que salían de sus orejas cuando se alteraba, lo que ocurría tan a menudo que, de haber sido posible convertirlas en electricidad, hubieran podido iluminar una manzana entera durante unas horas.

Una vez, su secretario perdió unos papeles importantes y más tarde juró y perjuró que había podido notar un interesante olor a chamusquina procedente del Sr. Marín. Ni que decir tiene que el buen empleado centró todos sus esfuerzos en salir disimuladamente por patas del despacho de su jefe, convencido de que iba a acabar explotando como una olla a presión y arrastrándole a él en su furibunda onda expansiva.

Sí, Raimundo era lo que su abuela, que en paz descanse, llamaba de “genio vivo”. Pero no destacaba mucho más. Era apreciado en la oficina en la que trabajaba, y todos le consideraban un hombre “hecho y derecho”, para quitarse el sombrero. Claro que no sabían mucho de él, aparte de que no estaba casado. Nunca se quedaba después del trabajo, aludiendo que estaba cansado, llevaba trajes marrones ligeramente pasados de moda y todos le presuponían algún hobby con un nivel de riesgo y emoción equiparable a la filatelia.

En realidad la vida del Señor Marín no era muy distinta de lo que pensaban. No le hubiera importado casarse, no era un solitario, pero necesitaba tener cierto celo con su privacidad. Y pocas personas hubiesen podido convivir con sus pequeñas peculiaridades.

Oficialmente, en los años de su juventud, su coche había decidido que los frenos eran para los débiles y se había precipitado alegremente por un terraplén llevando a un chispeante Raimundo Marín en su interior. Menos mal que un árbol decidió frenar la carrera, resultando en un nada espectacular choque que dejó a Raimundo inconsciente durante un rato encima del claxon. Atraídos por el sonido infernal, los servicios de emergencia llegaron rápidamente y comprobaron que no había nada que unos puntos y muchos analgésicos no pudieran solucionar. Colorín colorado y este cuento ha acabado.

Raimundo Marín nunca se atrevió a confesar a nadie lo contrario. Como por ejemplo, que mientras el coche rodaba ladera abajo, un montón de luces le habían rodeado y, sin saber cómo, había acabado cabeza abajo en algo que parecía una jaula; en un lugar que, por las paredes metálicas y los paneles de control llenos de lucecitas, dedujo que no era su coche. Con su habitual capacidad para mantener la calma en situaciones de tensión, había optado por prorrumpir en improperios varios hasta que apareció atravesando la pared un curioso personaje de piel verdeazulada y serios problemas de alopecia. Le dijo algo que probablemente pretendía ser tranquilizador, a lo que Raimundo respondió tirándole uno de sus zapatos. Poco después, una aguja se clavaba en su brazo, sumiéndole en un sopor que cualquier fan de los opiáceos hubiese admirado. El Sr. Marín nunca pudo recordar más allá de un batiburrillo de sensaciones extrañas, pero desde entonces su vida se volvió ligeramente distinta.

Cada tarde, el Sr. Marín llegaba a casa del trabajo, atravesaba la típica y aburrida entrada y colgaba su abrigo en el perchero. Cuidando que puertas y ventanas estuviesen bien cerradas, entraba en un salón que hubiese hecho las delicias de cualquier diseñador colocado de LSD y aficionado al fosforito. Allí, desconectaba el teléfono, y esperaba hasta la noche para salir a por un par de deliciosos gatos del vecindario que tomaba como opípara cena; terminando la velada como cualquier otro, sentado en el sofá mirando la estática de la tele y comiendo caramelos explosivos.

Sí, Raimundo era un tipo curioso, aunque nadie lo diría. Para el mundo puede que fuese el Sr. Marín; pero todas las noches, sentado en su histriónico salón con su tocado púrpura y su bata verde lorito, se convertía en el Señor de los Peta Zetas.


lunes, 15 de diciembre de 2014

De pájaros y peces

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. Pero, claro, eso no le importa mucho a nadie. Esa es la gracia de los milagros, que son cosas pequeñas que todo el mundo espera que sean grandes, así que se esconden como ratoncillos por los recovecos de la vida y se acurrucan hasta que un observador lo suficientemente atento los encuentra y, si es una de esas personas que saben de secretos, guarda su recuerdo atesorado hasta el último suspiro.

La niña era un pájaro, pero acabó siendo un pez. Qué lástima, pensaron todos, era un gran pájaro. Volaba de un árbol a otro, de un tejado a otro y de las farolas hasta la estatua de la plaza principal. La gente adulta miraba con ese dulce asombro que se reserva a las locuras de los niños pequeños, y los chavales de la aldea vitoreaban con admirado regocijo las proezas de la niña-pájaro, que permanecía indiferente. Un ave no busca alabanzas con su vuelo, el aire está en su naturaleza.

Todos la querían, era una fresca brisa de alegría para el frustrante día a día de los isleños, que trabajaban duro para mantener la pequeña industria pesquera del lugar, a todas luces insuficiente para sacar a las buenas gentes de la pobreza. Algunas familias sufrían y lo pasaban mal. Pero no eran personas crueles, y querían a la niña-pájaro. Por eso nadie entendió cómo alguien podía haberle hecho daño. Quizás fue porque donde hay un ave tiene que haber un cazador; o quizás algún pobre diablo hundido en la miseria no pudo soportar tanta belleza.

Pero, ¿qué clase de depredador acecharía durante quién sabe cuántos días y untaría grasa en el borde de su nido preferido para hacerla caer? ¿Cómo es posible que exista un ser tan horrible que sea capaz de golpear y violar su frágil cuerpecillo toda la noche y luego dejarla tirada y mutilada en la orilla del mar? ¿Qué depravado sin alma ni corazón puede llegar a hacer eso? Simplemente no cabía en la cabeza de los aldeanos que alguno de ellos pudiese albergar en su interior a tamaño monstruo. Les incomodaba sobremanera pensar en ello. Así que no lo hicieron.

Y así, poco a poco, olvidaron a la niña-pájaro sin alas, que se convirtió en media niña. En una niña rota. Su familia lloró la desgracia, pero se alegraban de que estuviese viva; y tanto era su alivio que no se dieron cuenta de que la niña rota no lo estaba sólo por fuera, sino también por dentro. El malvado le había quitado algo más que la movilidad de las piernas, le había quitado la mitad de su ser. No hablaba, no comía, no vivía. Preferiría haber muerto.

Esta madrugada, en ese momento azul antes del amanecer, la niña rota decidió morir del todo. Se montó en su silla de ruedas y recorrió trabajosamente el camino hacia la orilla del mar, buscando el lugar donde la habían encontrado ese fatídico día, para así cerrar el círculo de su desdicha. Allí, se adentró en el agua, silla incluida, hasta que una ola la volcó y la arrastró. Se dejó flotar, esperando el frío eterno.

Pero los rayos del sol irrumpieron tiñendo las nubes de mil tonos de cálido naranja, y era muy bonito, así que la niña rota braceó un poco para verlo mejor. Recordó que desde el embarcadero del final de la playa se veían unos amaneceres preciosos, y quiso ver uno antes de partir. Así que sin darse apenas cuenta comenzó a nadar hacia allí. Era agradable. El agua hacía su cuerpo ligero, y al deslizarse por ella notaba su caricia y su apoyo, sus brazos se acompasaban con el vaivén y se sentía libre de ir, venir, subir, bajar… casi como si volara.

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. Uno de esos milagros pequeños, que no importan a nadie, salvo al que los ha recibido. Hoy el agua ha llenado la mitad que le faltaba, y la niña ya no está rota. Ella era un pájaro, pero ha acabado siendo un pez.


domingo, 23 de noviembre de 2014

Sólo apto para adictos al viaje

Porque hay que buscar los milagros muy fuerte si es que se espera encontrarlos algún día, por primera vez en la historia de este blog publico un vídeo-artículo en lugar de la tradicional palabra escrita.
Cualquier enamorado de los viajes entenderá por qué una lágrima tonta hace por salir cada vez que lo veo. Seguro que sabes a qué me refiero... ¿verdad?





Mil gracias.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Buscando un milagro

Es obvio que no lo voy a conseguir... no soy una de esas personas con miles de contactos y una sólida red de relaciones online (ni offline, ya que estamos). Pero no puedo pasar sin intentarlo.
Todo el que más o menos me conoce sabe que cuando oigo la palabra "viaje" se me van los pies, y la cabeza y el corazón, y que una sensación casi incómoda por lo intensa me recorre por dentro y se instala en el estómago para quedarse. Necesito el viaje, necesito la experiencia, necesito la ayuda de quien pueda votar en este concurso que me lleva la razón.
Quizás no sea la mejor blogger del mundo... pero lo haría con todas las ganas de un sueño cumplido.
Así que aquí va: el concurso de Destino Sudamérica.
Solamente hay que darle a "me gusta" sin registrarse ni nada, sin compromisos. Solamente el "me gusta" de muchos internautas puede hacer que esto salga adelante.
Por supuesto es casi imposible que mi candidatura salga en lugar de otras, pero... ¿alguien me ayuda a encontrar un milagro?

VOTA AQUÍ
 http://www.destinosudamerica.com/concurso-participante/?dsaceid=eHw1MzY3



sábado, 10 de mayo de 2014

Momentos despiezados

Uno, bonito. 
Cuando, más o menos hacia el mediodía, caminas hacia tu casa envuelto en un manto de bochorno. Y, de repente, una gota no, un goterón choca contra tu hombro. Miras hacia arriba, medio mosqueada, medio agradecida, y aprietas un poco el paso para llegar antes a un techo cubierto. Pero al lagrimón le sigue el llanto, y cuando quieres darte cuenta estás huyendo a la carrera de los chorros de agua que caen del cielo. Es ahí, la lluvia en la cara, los rayos de sol que se filtran en los nubarrones haciendo que todo luzca amarillo, dorado, el calor, el olor húmedo de la tierra, la sed del asfalto. El arco iris que se forma ante tus ojos. Ese momento eufórico en el que corres aunque ya no es necesario: estás empapado y es maravilloso.

Otro, cruel.
El mismo camino, acabas de bajar del autobús. Hace calor, pero del que pica. El sol es despiadado, y tú te sientes despiadada también. Estás cansado, quieres llegar a casa. Todo suda y todo apesta y todo quema. Es sólo un instante, es ese hombre bajito al que se le ve el cartón, con gafas feas y orejas salientes, con un traje azul marino también feo. Todo es feo. Encaja tan jodidamente bien con el momento, que te molesta. Le odias. Le pegarías una patada en su rancio trasero de vendedor de seguros falsos. Observarías cómo rueda por la cuesta abajo. Es sólo un instante. Ahora ya no te molesta, de hecho, te da una cierta compasión. Hay algo triste y patético en él. Jamás le harías ningún mal. Y en la parte de arriba de la cuesta sopla una ligera brisa.

Otro, triste.
En casa, oyes un zumbido (que tu imaginación origina en un enjambre de avispas gigantes asesinas) y te acercas a ver qué pasa. Aliviada, observas que sólo es una solitaria abeja... enorme, eso sí. Te quitas la zapatilla y observas. La abeja choca desesperadamente contra la ventana del pasillo, se enreda en la cortina y se traba en la persiana. Como un ser ciego y furibundo en un laberinto inexistente, haciendo caso omiso a tus débiles intentos de ahuyentarla o acabar con ella. En su delirio, cae mareada al suelo. Te acercas y revive, pero sólo para reanudar con más fervor aún sus intentos de escapar cuando es imposible, empeñada en ir en la dirección contraria a su libertad, guiada por una luminosidad asesina. Al cabo de un rato, el zumbante golpeteo cesa y descubres a la abeja muerta en el suelo. Éste es, es el momento. Cuando, aún con la zapatilla en la mano, te tragas las lágrimas que estaban a punto de salir y vas a por la escoba con un extraño nudo en el estómago.




martes, 21 de enero de 2014

"Romance" de un mundo feo.

   El mundo era feo, y ella lo sabía. Lo sabía mejor que los demás, desgraciadamente. Mejor que el intento de ser humano con seis ojos que estaba sentado delante de ella. Seis ojos podrían haber sido más que suficiente para entrar en la categoría de Los Que Ven, pero saltaba a la vista que los de ese... esa... persona no eran funcionales, estaban velados por una telilla amarilla y tenían formas poco convencionales. Probablemente sería de Los Que Escuchan, por los dos orificios de los lados de su cabeza, coronados por pequeños pabellones auditivos que se movían en dirección al sonido. No era tan raro, había quien tenía un sónar.

   Era feo el mundo, sí. Lo sabía bien; mejor que esa mujer de espaldas informes y dos cabezas, probablemente una de ellas vestigial, aunque no sería fácil tarea tratar de distinguir cuál de las dos. Era admirable que viviera. Normalmente, los que habían mutado hasta el punto de desarrollar tales malformaciones no lo hacían. 
Que estuviera viva indicaba una cosa: era mujer y fértil. De lo contrario, habría sido expulsada nada más salir del vientre del engendro que tuviera por madre. En un tiempo se trató de hacer una selección genética, aceptando solo bebés no mutados o con mutaciones menores. Hasta que dejaron de nacer. Hasta que la humanidad rozó su propia extinción. Cada vez se fue ampliando el rango de aceptación hasta llegar al actual: hombre viable, independiente y fértil; mujer fértil; incluso se estaba considerando aceptar también hombres que no pudieran valerse por sí mismos, solamente hasta la madurez sexual.

   ¿Duro? No mucho. Tras la Última Guerra, nada parecía duro, aún habiendo transcurrido diez generaciones de ésta. Abandonar a los Mutados (curioso nombre en un mundo en que todos eran mutantes) era humano. Eran despojos estériles que no podrían dar a la especie lo único que ésta precisaba: el preciado bien de la reproducción. La esperanza que, con el tiempo, sobreviviera más de uno de cada cien críos, siendo optimista. Que los malos genes se diluirían y que dejarían atrás el pánico primitivo a la desaparición completa. Que el mundo dejaría de ser feo.

   Al desaparecer los países, hundirse las tierras y crecer montañas donde antaño había mares, la clasificación de las personas había debido cambiar también, quedándose reducida a tres grupos: Los Que Ven, Los Que Escuchan y Los Que Tienen Garras. También los Mutados, claro, pero éstos no eran personas. A Los Que Ven y Los Que Oyen les daban miedo Los Que Tienen Garras. No muy inteligentes en general, pero muy violentos, hacían la función controladora y represora del grupo. No todos tenían garras, algunos tenían dientes. Otros, solo colmillos. Todos ellos vivían aparte para evitar los "accidentes". Ella nunca había llegado a comprender las razones por las que estaban ahí, donde podían descontrolarse y causar daños. El matar a propósito a otro ser humano era impensable, eran demasiado pocos; pero siempre disculpaban a Los Que Tienen Garras cuando un "accidente" ocurría.

   El mundo era feo y era gris. Ella lo sabía mejor que los otros de Los Que Ven, porque si había alguien que Viera era ella. Había sido declarada oficialmente la que tenía el ADN más sano de toda su comunidad. Casi parecía una chica como las de las antiguas fotografías. Su única mutación conocida era su condena. Tenía un ojo en mitad de la frente, un ojo que siempre mantenía cerrado y vendado. Porque veía. Veía lo que nadie más era capaz de ver. Lo que fue el mundo, lo que era y lo que podría haber sido. Veía las corrientes de energía escaparse de sus ciclos originales, grotescamente retorcidas. La corrupción real de todo lo que había conseguido sobrevivir. La estela de lo que un día llenó el mundo: verdes brillantes en lugar de grisáceos, flores coloridas y fragantes en lugar de malolientes y carnosos capullos, animales maravillosos en vez de seres repulsivos y venenosos que se arrastraban por su propia supervivencia. El sol brillante y cálido, el cielo azul, ¡árboles!... el ser humano no había sido la única víctima de la Última Guerra. Y aunque la vida seguía adelante y algunos de los demás seres vivos habían logrado hábiles adaptaciones al medio, el mundo era feo. Oh sí, era terriblemente feo. Y seguiría siéndolo.

   En un mes, ella iba a cumplir los 16 años: edad de procreación obligatoria. Ya cumplía con las cuotas de coitos anuales desde que comenzó a menstruar, pero en un mes acabaría el tiempo de gracia y sería obligada a concebir y gestar un ser humano. Había grandes esperanzas puestas en su futura progenie. 
Pero había un problema. El problema que iba a hacer que dejase la relativa seguridad de la comunidad para salir Fuera, probablemente a morir a manos de un Mutado inestable o en una de las numerosísimas zonas muertas, o comida por algún bicho. El problema era que ella sabía que no había esperanza, así que no generaría vida. No en un mundo así.

Por eso se largaba. Bajo ninguna circunstancia daría luz a un hijo.

Se levantó del banco en el que estaba, aplastando sin querer una cucaracha que había estado intentando subir a su pierna. No había nadie vigilando la frontera de la ciudad (nadie querría marcharse y los Mutados eran arrojados lejos), y nadie le dedicó dos miradas mientras se alejaba.

Ella echó una mirada por encima del hombro, suspiró y siguió adelante con un pensamiento fijo: "Por nada del mundo..."

martes, 31 de diciembre de 2013

Por qué me cae mal Arwen.

   Hace un par de días que los estreptococos me tienen encadenada al sofá de mi casa, lo que, aunque en un principio puede parecer confortable, en seguida se traduce en un terrible aburrimiento. Por eso, en cuanto la fiebre remitió, decidí volver a ver las películas de El Señor de los Anillos, que siempre me han gustado y me han entretenido mucho. En general, adoro lo épico de esta historia que me permite relajar mi conciencia pacifista; es un relato tan fantástico que los malos son Malos y los buenos son Buenos. Y punto. Y esta sencillez moral me encanta, especialmente cuando estoy hecha polvo en el sofá y no me apetece pensar.
Pero hay un personaje que, fuera de las exigencias de su guión, siempre me ha caído fatal. En los libros y en las películas. Y no es un personaje pensado para ser odioso, como el Senescal de Gondor, o repulsivo, como Grima, el secuaz de Saruman... sino para ser algo adorable, amable y encantador. Siendo esto así, ¿por qué narices me cae tan mal Arwen?

   Antes de empezar, quiero dejar claro que no es la actriz, es el personaje lo que no aguanto (aunque la pobre actriz se lleva algo de rebote, como pasa siempre). No aguanto esa actitud de sufrimiento eterno, de sacrificio por el amado, de fragilidad constante... no aguanto que se alaben estas cosas como si fueran buenas y la encumbren como la reina de la valentía y del amor. Porque, ¿en serio pretenden que me trague eso? ¿que la máxima expresión del amor es renunciar a lo que tú eres, a tu familia, a tu esencia, por el destino de otra persona? ¿que lo más deseable en una mujer es que, mientras que medio mundo está en pie de guerra luchando contra el mal, ella yazca enferma y moribunda con la esperanza de que todo salga bien para salvarse? ¿en serio es valentía eso, esperar sin tener la capacidad de actuar, o sin siquiera intentarlo?

   Si esto es así, entonces por mí pueden meterse el amor y la valentía por donde les quepan. Arwen es la suma de los roles femeninos que rechinan: la belleza sin utilidad, la desvalida a la que hay que salvar, la mujer que solamente sirve para aparecer en canciones de amor. No, no la aguanto. Me recuerda que hay quien sigue pensando que este es el mejor papel que puede cumplir una mujer, y eso me da más asco que todas las criaturas de Mordor juntas. Y es que es la idea que se pretende lograr: Arwen como objeto de amor de Aragorn, precisamente por sus "cualidades femeninas". Arwen, la que cumple con el ideal de mujer. Y Aragorn, por supuesto, como macho tipo que es un rey y lucha mucho y muy bien. La pareja ideal, ¿no? Bueno, Aragorn no me cae tan mal porque, al menos, hace cosas. Pero he de decir que dista mucho de ser mi personaje preferido.

   Volviendo a Arwen, también me mosquea que tiene una relevancia en la historia puramente relacional: está ahí por ser la churri de Aragorn. Sin más. Es curioso cómo en las películas buscan excusas tontas y modifican escenas solamente para que aparezca y así rentar el salario que le han pagado a la actriz, porque el personaje no tiene importancia alguna por si mismo. Quiero decir, Arwen no hace nada, el 90% de las veces que aparece es en los pensamientos de Aragorn, lo que le da un papel odiosamente simple. No sirve para nada, no hace nada, solamente aparece si su amado piensa en ella... Arwen no ES nada, es algo en relación con un hombre. Y eso, puesto como papel ideal femenino, me cabrea mucho.

   Por suerte hay más féminas en esta trilogía (no muchas... pero son libros de los 50, creo, ¿qué se puede esperar?). Galadriel... no está nada mal. Es poderosa, mucho. Y Eowin. Eowin es uno de los personajes que más ha contribuido a que me guste esta historia. No es un personaje perfecto, pero es suficientemente grande como para estar en el top 3 de mis preferidos. Es fuerte, ansía la libertad y la gloria propia, no por otros... y no se deja pisar; es rechazada y lo supera con la cabeza bien alta, sin tonterías. Eso sí que es un rol femenino. Pero tanto la historia como la crítica y el público le dan una mayor atención a Arwen que a ella, y eso también me mosquea. Ójala un mundo con mayor admiración por las Eowins luchadoras que por las Arwens dolientes. Ojalá un mundo en que las mujeres luchen por ellas y no sufran por otros. Ojalá un mundo en el que no se considere que esto es generosidad y que es una virtud. Ojalá. Sería más justo.

   Y, es por esto, amigos míos, que no soporto el personaje de Arwen, la elfa del Señor de los Anillos.
¡Feliz año nuevo!



¿¿¿En serio me lo están diciendo???