lunes, 15 de noviembre de 2010

Cuento de hadas

Erasé una vez que se era y volvió a ser...
Un príncipe. 
   Guapo y aguerrido como ninguno, recorría las tierras de su futuro reino en un caballo blanco de largas crines plateadas. Portaba una espada que llameaba a la luz del sol y una majestuosa capa escarlata. Se decía que su sola mirada hacía temblar a los enemigos y desmayar de amor a las damas. También se decía por aquel entonces que había vencido al horripilante y poderoso Dragón Negro con los ojos vendados y su espada como única ayuda. Los juglares cantaban sus andanzas a lo largo y a lo ancho de este mundo y todo el reino le amaba. 
   Pero un buen día, al salir de su castillo, el apuesto príncipe se quedó asombrado. La razón era que lo que antes fueron altas y nevadas montañas, verdes y fértiles valles y dorados campos de trigo había desaparecido. En su lugar se alzaban edificios grises y endebles, algunos altos, otros más pequeños, y desiertos de hormigón, cristal y cemento. 
   Los amables y alegres lugareños, que siempre habían vivido en la abundancia y en la felicidad también se habían marchado, siendo sustituidos por gentes hurañas que protestaban en la calle con pancartas y extrañas banderas. Sin entender nada aún, nuestro joven amigo se dio la vuelta para comprobar que su flamante y señorial castillo había dejado paso a un edificio alto de acero con grandes ventanales y grandes letras en la fachada que iluminadas de una forma artificial y fría anunciaban : "BANCO". De él salían unos hombrecillos ataviados con ropas tan monótonas como la construcción. Uno de ellos reparó en el príncipe, pero antes de que nadie pudiese hacer nada, el joven huyó a lomos de su leal corcel en busca de una explicación. 
   El heredero se dirigió donde antes moraban los sabios del reino, pero su desolación aumentó al ver que la Casa de Enseñanza se había transformado en un edificio más de los que poblaban la vista por doquier, y que los maestros y sus atentos discípulos que aprendían las artes y las ciencias habían sido cambiados por multitud de jóvenes con el hastío pintado en la cara y que ensuciaban el lugar aún más de lo que estaba.
   De repente vio a lo lejos una multitud que se acercaba hacia él y le rodeaba. Imposibilitado de escapar, no tuvo otro camino que bajar del equino para tranquilizarlo y evitar que hiciese daño al gentío. Intentó hablar para apaciguar a aquellas extrañas gentes, pero fue en vano, ya que éstas habían perdido la capacidad de escuchar. Poco a poco fue rodeado y finalmente arrollado por esa masa en la que apenas se podía vislumbrar un rostro humano único. Su noble montura consiguió escapar huyendo, pero fue capturado en el campo. Le cortaron sus crines y le obligaron a correr carreras sin sentido, hasta el fin de sus días. 
   El valeroso príncipe sucumbió, aquél que había derrotado a enemigos a miles, a los que por compasión perdonaba la vida; que había llevado la paz y la felicidad a su reino ,y cuya única meta era ser un rey justo y bondadoso casado con la hermosa e inteligente princesa de la que estaba enamorado, encontró así su triste final. Por desgracia, nadie vivió feliz ni comió perdices en esta historia.

   Es lo que sucede en un mundo donde ya no existe el amor, el valor, la nobleza, la sinceridad y la pasión. Un mundo en el que no hay lugar para héroes.

2 comentarios:

imperfecta dijo...

Caray, vaya final para el pobre... pero oye, qué es esta conclusión tan negativa?? En el sentido romántico las cosas ya no son como antes, pero bueno, algunos cambios a bien también hay no?? :)

Ginebra dijo...

En realidad es lo que me iba saliendo jaja, este cuento es totalmente improvisado.
Por supuesto que hay cambios a bien, la cosa está bastante exagerada... pero es que me acabo de terminar de leer el señor de los anillos y ando caballeresca perdida jaja